La maldición de las cajas

Los días pasan y es difícil encontrar un hueco para escribir. Suelo estar en casa hasta las seis de la tarde por el trabajo, y a partir de esa hora intento hacer otras cosas que no tengan que ver con estar delante del ordenador: pasear porque aún es de día (gran novedad para mí en enero y febrero) o pelearme con la montaña de cajas.

Durante la primera semana en nuestro apartamento yo estaba muy contenta porque aparte de la cama, la mesa y las dos sillas de Ikea no teníamos nada. Era pasar la fregona en cinco minutos y todo parecía limpio. Ni una mota de polvo revoloteando por el suelo. El Ken lo sentía de manera diferente, y ese vacío le incomodaba. A veces renunciaba a hablar porque el eco le molestaba. Yo no, seguía disfrutando de la fregona y de unos suelos de parquet inmaculados donde daba gusto bailar swing.

Pero llegaron las cajas y la situación cambió de manera drástica.

Nuestra partida de Bélgica, aunque planeada durante años, al final tuvo un poco de estampida. Yo me pasé tres semanas en Vigo y volví la última semana para recoger los bártulos. Y mientras tanto el Ken estaba en Bruselas trabajando duramente en su doctorado. Total, que aunque yo me pasé esa última semana ordenando, empaquetando y tirando como una loca, llegó el día M (de Mudanza) y las cosas fueron algo diferentes a como nos lo habíamos imaginado. Primero: en nuestro “contrato de mudanza” ponía varias cosas preciosas, como que tendríamos un equipo profesional liderado por un coordinador de mudanza. Yo al leer aquello me imaginaba a un tío súper estirado, carpeta en mano y lápiz en la oreja dando órdenes a cuatro tíos ultra mega eficientes.

Pero no, la realidad fue muy diferente.

Vinieron dos, sí, dos tíos. Que llegaban cansados y acatarradísimos, que ya habían estado en Alemania y por la tarde, ese día, tenían que ir a no sé dónde al norte de Bruselas a hacer una entrega. Empezaron a recoger cosas, a traer cajas y más cajas. Cajas enormes, medianas, pequeñas. Más cajas. Aquello no tenía fin.

Habíamos guardado unas bolsas de basura para tirar cosas que quedaran atrás y que no pensábamos llevar. Esas bolsas tan monas que llevan el nombre de la ciudad y que son obligatorias si quieres tirar la basura. Sí, ésas que son tan caras. Pues resulta que uno de los tíos, que resultó ser también el coordinador de mudanza, nos limpió la cocina. Sí, literalmente. Las bolsas de basura, la botella de aceite vacía, la botella de lavavajillas vacía, las servilletas de papel y más artículos inservibles desaparecieron en el interior de una de las cajas para no volver a reaparecer hasta una semana después en Madrid. Que quede claro que ni el Ken ni yo vimos este movimiento en el momento en el que ocurrió. Tan solo horas después nos miramos y gritamos: “¡Las bolsas de basura!”.

Así que después de 10 horas de duro trabajo uno puede hacerse una idea de toda la mierda que vino en las cajas a Madrid. En Bruselas vivíamos en un apartamento de casi ochenta metros cuadrados y el de ahora tiene cincuenta. Oh, horror de los horrores, estamos inundados de cajas. Para nuestro disgusto muchísimas de ellas son libros. Libros que no volveremos a leer en la vida. Hace algo más de un año el Ken y yo nos compramos sendos Kindles, y salvo excepciones, no hemos vuelto a leer en papel. Eso no quita que sintamos necesidades imperiosas de entrar en una librería cada vez que pasamos por delante y de que en ocasiones no podamos evitar comprar otro libro. Los mercadillos de segunda mano son un peligro a evitar. Como testimonio de ellos quedan las cajas.

Dado que muchos de esos libros no volveríamos nunca a leerlos en papel, y dado que otros tantos no eran libros tan buenos y otra buena parte eran simplemente malos, decidimos que lo mejor era venderlos. Como la mayor parte de lo que tenemos es en inglés, nos fuimos al J & J Books and Coffee, que está muy cerca de casa, y vendimos maleta y media de libros (sí, en estas situaciones utilizamos unidades nuevas de medida). Nos pagaron 45 euros y nos invitaron a un café. Fue doloroso, y tuve que obligar al Ken a que no mirase  mientras tasaban los libros, pero ahora estamos algo más ligeros y con algo más de dinero. Este fin de semana volveremos con otro par de maletas. Hay que hacer sitio como sea.

Otro artículo que también vendimos fue nuestro congelador pequeño. En Bélgica sólo habíamos vivido en sitios con neveras minúsculas que tenían congeladores del tamaño de una caja de zapatos, y el hecho de no poder ir al supermercado a diario nos obligó a comprar este congelador. Tras tres años de servicio impecable al final tuvimos que venderlo por no tener sitio y porque la nevera de este piso es una nevera de lujo como la de mi madre, de esas altas y con congelador de tres cajones (sí, sé que es una nevera normal, pero no sabéis las neveras que yo he visto en Bélgica). Pusimos varios anuncios en internet y al día siguiente ya lo habíamos vendido.

Aún queda bastante por hacer. Esto sigue lleno de cajas y el piso está sin amueblar. Queremos comprar un mueble para el salón con infinidad de puertas y cajones para guardar cosas, pero no podemos comprarlo por el momento porque tenemos miles de cajas. Es una paradoja, y sólo espero que cuando la resolvamos, el piso no decida implosionar o algo por el estilo.

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Our house

Llegamos a Madrid el domingo 15 por la tarde, cansados y cabreados con el dueño de nuestro piso anterior (¿cómo es posible que hayamos limpiado el piso a fondo y decida quedarse 450 euros de la fianza para llamar a una empresa de limpieza? ¡Caradura!). Habíamos decidido estar unos días en un apartahotel en la zona donde queríamos buscar piso para que nos fuera más cómodo. Ya habíamos estado en ese apartahotel en abril y nos había gustado bastante. Los precios están bien, son amplios, tiene lavadora y lavavajillas y están cerca del metro.

Decidimos seguir los consejos de Brixta y comenzamos a buscar pisos por internet unas semanas antes de venirnos. Guardamos unos cuantos favoritos y al llegar empezamos a llamar por teléfono. Entre lunes y martes veríamos unos quince o dieciséis pisos. El penúltimo piso que vimos el martes fue el definitivo. El jueves firmamos el contrato, el viernes nos compramos una cama y una mesa, y el sábado nos vinimos a dormir.

Es un pisito pequeño en un edificio de siete años pero cuyo diseño imita a los edificios antiguos de la zona. Está orientado al sur y al lado de una placita llena de niños y perros. Me encantan los sonidos de niños y perros. Los he echado de menos horrores durante estos últimos cinco años. Y cada vez que pasamos por la placita al Ken se le cae la baba con los perros. Gritos de niños, ladridos, perros que persiguen la pelota.

Y tenemos dos balconcitos chiquititos desde los que se ve el colegio de enfrente, y más niños haciendo ejercicios y dibujando.

Después de cinco años tengo contenedor al lado de casa, bueno, más bien dentro de casa, donde puedo tirar la basura cualquier día del año. Salgo de casa y de estos doce días, diez ha hecho sol. Las aceras son estrechas pero lisas, sin adoquines. ¿Ya he dicho que he visto el sol diez de doce días? Allá la proporción hubiese sido a la inversa.

Hoy por fin nos han dado de alta el ADSL y por fin puedo escribir aquí. El pincho USB daba poco de sí. Ahora por fin puedo contar la aventura de los últimos días. Pero mientras tanto a disfrutar de nuestra casa.

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